Impresiones o ideas a vuelapluma que van emergiendo unas veces, que se vomitan otras, que en ocasiones luchaban pos escapar de mi cabeza y que ahora, espero, poder plasmar en éste blog que imagino tan caótico como lo es su dueño a veces o tan metódico como resulta ser otras.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Llevaba mucho tiempo sin escribir en estos Coloquios desde la Estafeta. Ocupado con el facebook he desatendido mi blog. Hoy lo retomo, en una tristona mañana otoñal de domingo, mientras espero que el tiempo me avise de la hora para bajar a trabajar a mi kiosko, mientras espero que las musas me iluminen y sea capaz de escribir unas letras de reinaguración del blog con un mínimo de sentido. Apena ha amanecido, el fin de semana pasado ya cambió la hora...si no todavía la noche cubriría Pamplona. Llueve, con insistencia y pesadez, con esa monotonía melancólica que el otoño imprime a todas sus manifestaciones, con el aviso intrínseco de que hoy va a ser un dia, domingo, impregnado de aquella sensación de angustia que recuerdo de las tardes dominicales de mi infancia. Recuerdo que padecía cada tarde de aquellas una mezcla de tristeza y abandono, de inexorabilidad del tiempo festivo ya casi finiquitado. Recuerdo el vocear callejero de la "Goleada", la goleada de hoy...que gritaban jovenzuelos por las calles que yo veía muy mayores, el llover insistente, como si toda la naturaleza sufriese conmigo. Recuerdo aquellas tardes de cine Champagnat con mi hermano y aquel otro medio hermano que ha pasado a la categoría de simple conocido, el sin hermano, porque no tenía de eso. Recuerdo las tostadas en el Zucitola de Fernandez Arenas, que hace muchos años que ya cerró, y sobre todo recuerdo esa sensación de tristeza por el fin de semana terminado, por el recreo acabado y la perspectiva de una larga semana escolar, que se me antojaba interminable. Un nudo en el estómago se me formaba inexorable cada noche dominical, y sólo el amanecer del lunes lograba soltarlo, y ya entonces la sensación era otra. Algo parecido he sentido estos últimos domingos al atardecer, cuando el cuidado de mi madre me impone dejar mi casa y a mi amada, sola, y yo , sólo, vago por Pamplona, que no es traslado, hasta la casa de mi infancia una vez desaparecida bajo la excavadora la que fué mi casa de siempre....mi siempre añorada "Casa la yaya" . Bajo en villavesa, con mi bolsita con mis sábanas y zapatillas, para que la soledad sea menor y el cambio menos perceptible....y otras tantas soledades me acompañan en el viaje a la Milagrosa, hundida en un pozo en el que ni el móvil funciona siempre....Y me vuelvo a sentir sumido en aquella melancolía inexorable y otoñal que recuerdo en mi infancia...y es que todo vuelve, yo también, el lunes a mi casa con mi añorada esposa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario